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“La sinfonía de los adioses” de Edmund White, quizás la novela definitiva sobre el SIDA escrita por un sobreviviente

Por Adrian Melo · 4 de noviembre de 2026

“La sinfonía de los adioses” de Edmund White, quizás la novela definitiva sobre el SIDA escrita por un sobreviviente

La sinfonía en fa sostenido mayor célebremente conocida como la “Sinfonía de los adioses” o “La despedida” es una obra maestra de veinticinco minutos compuesta por Haydn en 1772 que se caracteriza por un final único. En ella, durante el último movimiento (Adagio), cada músico deja de tocar de forma secuencial, apaga la vela de su atril y se retira del escenario. Para el final solo quedan dos músicos en escena.

Esas imágenes musicales son la metáfora literaria que utiliza el escritor estadounidense Edmund White en la novela “La sinfonía de los adioses” para dar cuenta de la devastadora experiencia de la epidemia del sida que, durante los años ochenta, comenzó a apagar las luces de las existencias de los varones de la comunidad gay hasta dejar al narrador en el triste papel de sobreviviente y con el prístino deber de contar la historia al lector.

O quizás, los dos músicos que finalmente quedan en escena sean el propio White y su enamorado Brice muerto por consecuencias con el sida. Eso instantes antes de que White pueda dejar partir definitivamente a Brice, en el supuesto caso de que realmente se pueda dejar ir a las personas amadas.

En todo caso, si bien se presenta como un homenaje póstumo a Brice, “La sinfonía de los adioses” es una elegía elusiva que busca, a través de diferentes recursos literarios, postergar el relato de lo que nadie quiere o soporta contar: la muerte del ser amado . De hecho, Brice es nombrado en menos de una decena, de las seiscientas páginas que componen la novela. Sin embargo, su figura es omnipresente como la de los muertos amados.

Está presente particularmente en la descripción de los miles de amantes o en la decena de los otros enamorados (frecuentemente no correspondidos) de la vida de White.

En efecto, en su afán por no alcanzar a narrar la tragedia inenarrable, White despliega el relato de su vida .

Así, por sus páginas desfilan espléndidos cuerpos masculinos, bronceados o deliciosamente blancos, plenos de músculos o blandos como flanes, sabrosamente velludos o lampiños, con lunares y pecas en los hombros y la espalda o con la delicadeza de la pureza de la piel; rostros rubios o morochos, de cabellos rizados o lacios, cortos o largos que caen sobre los tersos lomos …

Y también vergas enormes carnavalescas que penetran hambrientos culos turgentes de jugadores de hockey o armoniosamente formado de bailarines y que siempre se abren como jugosas sonrisas.

Estos seres ofrecen sus sensuales encantos al son de la música de l a liberación sexual y los olores afrodisíacos de las drogas - preferentemente popper y marihuana- en escenarios que van desde los espacios glamorosos hasta los más sórdidos de París, New York y Venecia.

Hay una maestría en White no solamente en describir la belleza masculina y sus detalles, sino también en dar cuenta musicalmente de las cadencias de una cópula salvaje o tierna , del instante eterno que puede asumir un instante de placer o incluso de las voluptuosas costumbres sexuales de aquella época (pocas veces leí que se describiera de manera tan sublime las prácticas eróticas en los glory hole).

En detalle es notable como White puede describir la orgía más espeluznante, la sensación del popper y de música en la cabeza como flotar en olas de playas calientes, o escenas como la que sigue: “ La noche más romántica de mi vida la pasé con un hombre mayor que yo, en las dunas de Fire Island , donde lo besé hasta que su barba crecida me hizo arder la cara, atesorando la belleza y calidez de su piel y cada defecto como si fuera un adorno. Cuando me acompañó a casa en medio de la niebla salda que venía flotando desde el mar y con el frío repentino del amanecer, caminamos del brazo como amantes que se habían conocido antes de la guerra, digamos, cualquier guerra, y recién ahora se reencontraban”.

Pero también, como buen cronista de época, hay un arte musical en narrar el contraste entre los orgiásticos y concupiscentes años sesenta y setenta con su slogan del amor libre y los fúnebres años ochenta con su slogan silencio igual muerte como sendas experiencias para la comunidad gay.

Como si se tratara de un tratado filosófico, White reflexiona: “Para nosotros, la libertad sexual era equivalente a la libertad en sí misma. ¿O caso la rebelión de Stonewall no había sido la defensa de un lugar de levante? Tal vez la nueva generación hable de ‘cultura gay’, pero los que tenemos más de treinta años sabemos bien que el único derecho que queríamos proteger era el derecho a chupar vergas”

O puede llegar a resumir, el éxtasis setentoso y la agonía ochentosa, el Eros y el Tánatos en párrafos como el siguiente: “Después de tener sexo con Rod en el sillón-cama plegable, su perro venía corriendo y nos limpiaba la panza lechosa a lengüetazos. Hoy, la gota más diminuta de esperma es abundante en muerte, un cultivo letal, pero entonces las revistas porno se referían al semen como una ‘crema suavizante’ y a nosotros nos gustaba probarlo, tragarlo, olerlo, frotárnoslo en la cara y decir con una sonrisa: ‘el elixiir de la juventud’.

Si alguien la tenía muy grande, le decíamos ´falo fatal´, una expresión que nadie se atrevería a usar hoy’”.

Muchas de las vidas de esos amantes que, según la cuenta de White, llegaron a contabilizar más de tres millares sucumbieron frente a la peste que comenzara con manchas en la piel de algunos hermosos jóvenes en las playas y los gimnasios de California en 1981 . White describe brevemente sus destinos finales.

Entre ellos, también el del único que tuvo la virtud de amarlo de manera tan intensa como White lo amó y con quien el narrador espera reunirse eternamente en el Pere Lachaise.

En algunos de los pocos párrafos que le dedica a su amado muerto, White escribe: “ Brice falleció casi diez años después que Joshua y fue recién entonces que entendí la necesidad de creer en que los muertos siguen vivos en algún lugar , al menos por un tiempo. En las iglesias medievales, el señor y su dama aparecen representados en esculturas funerarias que los muestran a los treinta años, independientemente de la edad que tuvieran al morir.

Se consideraba que los treinta eran la edad ideal y se suponía que el cuerpo se encontraría en perfecto estado cuando llegara la Resurrección. Brice solo tenía treinta y tres años cuando falleció…”.

“La sinfonía de los adioses” es el intento vano de White de volver a comunicarse con su amante Brice. Porque, tal como señala el escritor estadounidense, una de las principales desazones humanas es que, por más que tratemos de comunicarnos con ellos, “los muertos están muertos, esa es nuestra tragedia y ese es su esplendor”.

Conmovedora memoria personal y a la vez brillante historia del siglo XX de la comunidad gay, “La sinfonía de los adioses” es en la historia de la literatura, una obra maestra tan sublime como su homónima en la historia de la música.

Fuente: Soy (Página/12)

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