Jorge Thefs brilla en las catacumbas del Colón
Por Maia Debowicz · 30 de octubre de 2026

“Llenar un plano muerto y gris con un arabesco vivo, clarísimo, estremecido, sin punto muerto, que se pueda recordar sin maraña; he aquí la lengua de la bailarina. Pues bien, nadie en el mundo ha sabido escribir en el viento dormido este arabesco de sangre y hueso como Antonia Mercé” , escribió en 1930 Federico García Lorca sobre la bailarina que se puso de nombre artístico La Argentina . 96 años después, en el Centro de Experimentacion del Colón, un bailarín puto y con barba tupida reconstruye la figura de la coreógrafa de Los Ballets Espagnols.
“ Crótalo/Crótalo/Escarabajo sonoro. En la araña/de la mano/rizas el aire/cálido,/y te ahogas/en tu trino/de palo” , entona Jorge Thefs (Río Negro, 1997) mientras toca hambriento las castañuelas de su madre, el sonido seco que hacen al chocar los dientes de un cobayo. Zapatea y abre los brazos con su cuerpo grande, pesado, envuelto en telas flamencas, la panza al aire. Jorge es parte de un ballet desobediente.
Un ballet heterogéneo en edades, formaciones, géneros y corporalidades.
Las ruinas , la nueva obra disruptiva de Juan Onofri Barbato con dramaturgia de Laura Sbdar y músical original de Ailín Grad, está lejos de ser un retrato convencional de Antonia Mercé. Es un espejo deformado que se corre de la transcripción. Onofri (Río Negro, 1983) rechaza la copia, busca y encuentra la imagen más lejana de la original.
Un efecto de extrañamiento. “El personaje lo hace Jorge primero porque es un artista de un talento mayor, y de una capacidad y de un conocimiento, entre ellos, él tiene formación en danzas españolas, además canta, además baila, además actúa…entonces tenía que ser una de esas personas que tuviera esa calificación. Me parecía divertido que Jorge no tenga ningún parecido con La Argentina.
Es como La Argentina que se llama La Argentina, pero no tiene nada que ver con La Argentina”, me cuenta el creador de Las ruinas . Quien asegura que no imagina una danza, y mucho menos una danza con un posicionamiento político, con cuerpos que sean todos iguales.
“La panza, las tetas, las estrías y el culo gordo los llevo conmigo, son una cuestión identitaria y estoy bien con mi cuerpo. De adolescente pasé por los regímenes tipo Ravenna y Cormillot, y la verdad que no se lo recomiendo a nadie. ¡Nunca mejor aplicada la palabra régimen!
También nos querían hacer creer que los cuerpos gordos no pueden desear ni ser deseados, ni amar ni ser amados, pero esa no me la creí nunca”, me dice Jorge cuando le pregunto si el “ballet imposible” (así lo llama Onofri) de Las ruinas es una especie de revancha al disciplinamiento de los cuerpos en la danza. Un año antes de morir, Antonia Mercé dijo “Fuera de la danza no hay nada”.
Eso mismo dice el cuerpo de Jorge Thefs cuando crea a su propia Argentina. Con todo lo que ese seudónimo carga: figura y patria, lo que queda de cada uno. Hace dos años, Thefs escribió un texto sobre la primera década viviendo en Buenos Aires, llegó de Fiske Menuco General Roca, Río Negro,con 17 años.
En esas líneas profundiza sobre la identidad en el mapa, el eco del lugar de origen que queda adentro. Un amigo, o algo así, le sugirió que reeduque su forma de hablar tan provinciana, usando pronombres para las calles y comiéndose las “s”, porque lo iban a cagar los taxistas. Por suerte, Jorge no hizo caso.
Unas puntadas unen a ese texto de 2025 con Las ruinas : el bailarín repele la simulación, imitar algo que ya existe. “recordar también es imaginar”, cerraba ese mismo texto. Jorge Thefs, guiado por Onofri, imagina a La Argentina con rebeldía y enfado.
A la figura y a nuestro país hecho pedazos.
A días de estrenar y brillar en Las Ruinas, con todas las localidades agotadas, Jorge Thefs habló en exclusiva con el suplemento SOY.
¿Por qué elegiste la danza? ¿Cómo la descubriste?
-Diría que la danza me eligió a mí. Es al igual que el teatro un “veneno dulce” que da y que quita al mismo tiempo.
Nací en Fiske Menuco General Roca, Río Negro (lo digo porque además Juan Onofri también es valletano y es maravilloso porque eso cambia nuestra lógica sobre desde dónde, cómo y por qué hacer), siendo una ciudad no tan chica, pero chica en definitiva hay algo muy maravilloso en cómo se alarga el tiempo, así que desde muy peque empecé a bailar ,primero con una clase de salsa y después vino la danza jazz, la técnica clásica, el contemporáneo, tap, flamenco, irlandés, llegué a hacer un profesorado de danza moderna en la academia donde bailaba (cuando todavía era menor de edad) y terminé como el primer “varón” en ser profesor egresado en ese lugar.
Todo era una excusa hermosa de la escuela religiosa y los padecimientos de puto pueblerino. Hacía teatro, danza, canto, incluso tengo el recuerdo de los libros de lengua y literatura que definían a las actrices como personas que actuaban, bailaban y cantaban, y a los actores como que solo actuaban, entonces yo decía que quería ser actriz y se me reían; desde ahí vengo con unos lindos cruces y pequeñas revoluciones sexo-genéricas y artísticas.
Muchos años después descubrí que mi padre (que es economista) es bastante fanático de Jorge Donn, imaginate.
-¿Quién es La Argentina para vos? ¿La conocías antes de hacer la obra?
-Conocía la figura de La Argentina por estar inmerso en toda la tradición flamenca por parte de mi abuelo materno, más que nada, incluso las castañuelas que uso en la obra son de mi madre. Lo que no conocía era la obsesión de Kazuo Ohno por La Argentina, esta información me llegó de la mano del proyecto y es maravillosa, una suerte de japonismo inverso.
La Argentina trae sin duda una ruptura en el estereotipo de belleza femenina y en un abordaje brutalmente expresivo y singular de su danza (el mismísimo Lorca le dedicó unas palabras y dicen que verla fue clave para su Teoría y juego del duende).
-¿Qué significa interpretar a La Argentina? ¿Cómo construiste la representación?
Me parece hermosísimo encarnar a esta imitadora de La Argentina y además compartirlo con Florencia Ciucci, que es una performer de otro planeta directamente. La decisión (consciente o inconsciente) de esta Argentina como una mujer barroca, barbuda, rea y gorda me parece muy atractiva.
Siento que, de nuevo consciente o inconscientemente, Laura Sbdar y Juan trabajaron con un procedimiento similar a Copi en Eva Perón o a Perlongher en Evita Vive, una figura de La Argentina que llega a la costa barrosa, travestida, del Río de la Plata, como si en las corrientes migratorias de posguerra llegaran las poéticas abatidas por el hambre, y algo de eso nos constituye inevitablemente.
En mi caso es ese mestizaje moro-andaluz, italiano, alemán y criollo, todos escapando de la guerra y la hambruna. Al mismo tiempo la habito desde mi propia visión cuir, la misma con que habito la realidad y la ficción como cuestiones indivisibles e inexorables. Sin duda, pensarme como “hombre” me queda bastante lejos.
Es interesante que no hay en la obra un trabajo de temática, y eso es realmente fascinante, ni la temática de lo cuir, ni la temática de lo disca, simple, lisa y llanamente porque no somos temáticas, en todo caso somos lo que somos y hacemos obras. Juan tiene una mirada muy clara y pone por delante la potencia escénica, el riesgo como valor diferencial del quehacer.
¿Cómo fue ir a un colegio religioso de pueblo siendo puto?
-Tengo algunas contradicciones sobre esto porque, por un lado, fue un espacio de comunidad donde me hice amigxs y conocí muchas realidades. Justo habitaba espacios religiosos que tenían una visión humanitaria y social, y trabajaban en situaciones concretas.
Al mismo tiempo, siempre fue un tema la performatividad de género (como dice Butler): cómo hablaba, cómo me vestía, el pelo, los colores, los gestos.
Y, por supuesto, la absurda insistencia en contra del matrimonio igualitario (con la simple y tonta excusa de que la palabra viene del latín mater, entonces si no hay una madre... pavadas), en contra de la ESI y del aborto (con la gigante ironía de que, como no se hablaba, yo terminaba yendo a comprar las “pastillas del día después” para mis compañeras).
En Biología nos daban un módulo que era “Educación para el amor” sobre cómo ser heterosexual, amar y envejecer con la misma persona. ¡Dios mío! Yo hacía dos evaluaciones: una sobre lo que pensaba y otra sobre lo que querían escuchar, y así aprobaba sin problema y les dejaba bien en claro de qué lado de la vereda estaba.
Una parte de mí tuvo un refugio ahí también. Me juntaba con las señoras a rezar el rosario y di catequesis tres años. Era más bien eso, una señora puto.
Después apostaté y me aseguré de que anulen el papeleo de mi bautismo.
¿Cuál es la historia de las castañuelas de tu madre?
-¡Ay, mi madre! Qué personaje maravilloso. Hay toda una veta artística que tiene, que de a temporadas saca a relucir: tocar el piano, bailar flamenco, tap, danzas circulares.
¡Ahora está haciendo clases de ballet! Las castañuelas son las últimas que se compró, las usaba para sus clases, son hermosas y suenan increíble. Tengo guardadas también unas más chiquitas de cuando ella era chica, que le regalaron mis abuelos a los 5 años.
Son de esas cositas que van pasando de generación en generación. Con mi madre y mi abuelo materno compartimos la rareza de ser hiperlaxos. Incluso cuando mi abuelo falleció (durmiendo, por suerte, ojalá morir así también), lo encontraron con las piernas flexionadas y una sobre otra, como estirando la cadera.
¡Estaba cómodo elongando el Nito!
Fuente: Soy (Página/12)
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