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Hasta siempre Antonio Grimau (1944-2026)

Por Adrian Melo · 21 de octubre de 2026

Hasta siempre Antonio Grimau (1944-2026)

Para toda una generación, Antonio Grimau fue “Lito” García Suárez, el pobre y humilde obrero enamorado de la caprichosa, arrogante e inalcanzable Valeria Montalbán Ortiguera (interpretado por Cristina Alberó en la plenitud de su belleza), la hija del dueño de la fábrica donde trabajaba. La novela era “Trampa para un soñador” (1980) y su argumento era tan inverosímil e ingenuo como el de un cuento de hadas.

O tan deseable como los sueños de justicia social peronista, de aquella Evita quizás que Grimau admiró desde su juventud hasta la muerte y que en alguna ocasión le hizo afirmar: “A Evita la amé profundamente desde la humildad de mi Lanús” .

No eran tiempos de Suar en que, en las telenovelas los ricos no pedían permiso , sino que, en las antípodas, los pobres eran buenos y simples y los ricos malísimos solo encontraban su redención en el amor y al contacto con los pobres. A su vez, lejos de los tiempos que corren en que los héroes parecen ser los millonarios o los empresarios, prevalecía en el imaginario social la idea peronista del orgullo de ser obrero y trabajador.

En efecto, en “Trampa para un soñador”, por un golpe de suerte (se ganaba el Prode), el protagonista masculino “cabecita negra” devenía millonario y, tras la bancarrota de la fábrica de su progenitor, la rubia millonaria pasaba al bando de la exclusión y la pobreza. El resto es historia previsible: el amor superaba los obstáculos de clase social.

Aunque sencilla hasta la extenuación la fórmula fue exprimida hasta el cansancio por su autor Luis Gayo Paz. Apenas tres años después del fenómeno popular que representó “Trampa para un soñador” Grimau repitió casi el mismo personaje en “Amar al salvaje” (1983) ahora con la blonda Gabriela Gilli. Y, de hecho, “Trampa para un soñador” era un remake de “Amar al Ladrón” (1973) con Claudio Levrino y Cristina del Valle .

Gayo Paz estaba lejos de la poética de un Migré , de la maestría de una Nené Cascallar o del oficio de Abel Santa Cruz . Sin dudas, lo que determinó el suceso de rating y el impacto perdurable en la memoria colectiva de “Trampa para un soñador” fue la química de la pareja protagónica y el contraste entre el rudo morocho y la bella dorada. Eran La Bella y la Bestia o, en términos más clásicos, Hefestos y Afrodita, Aun despiden fuego desde las fotografías en blanco y negro y unas pocas en color que se conservan de la época. A su vez la alianza clasista e interracial podía resultar plenos de esperanzas para una sociedad inmersa en el tiempo oscuro de la dictadura militar.

En función del éxito alcanzado, en 1981, Gayo Paz los convocó para una nueva novela “Quiero gritar tu nombre” donde Grimau interpretaba a Lucho, un mecánico frecuentemente descamisado. Ambas experiencias le abrieron a Grimau y Alberó el mercado latino internacional en tiempos en que las telenovelas argentinas aún no eran compradas por el exterior (fenómeno que comienza en los años noventa con “La extraña dama” ). Aun en la senectud, a pedido del público, la pareja Grimau-Alberó volvió a unirse y a brillar en el escenario.

En definitiva, para toda una generación de gays, Grimau era el chongo perfecto. De hecho, pertenece a una generación en la cual los galanes televisivos (salvo casos como Claudio Levrino o el ascendente Darín) no eran carilindos , sino que respondían al prototipo de macho, rudo, trabajador y obrero .

Por ello triunfaban los actores al estilo Claudio García Satur, Alberto Martin o Aldo Pastur . Galanes que a su vez eran elegidos por los autores generalmente gays o bisexuales de las telenovelas, entre ellos Migré. Y, cuestión poco explorada en la historia de la televisión argentina, muchas veces, los protagonismos masculinos dependían frecuentemente de casting sábanas o al menos de procesos en los cuales el autor tenía un romance con, deseaba o se enamoraba de su actor/ personaje y lo elevaba a fetiche sexual en la pantalla chica.

Hasta los títulos de las telenovelas parecían evocar las fantasías, los deseos o los sueños gays o universos homoeróticos: “Adorable Profesor Aldao”, “Rolando Rivas, taxista”, “Un mundo de 20 asientos”. “Piel Naranja” (la del sensual Arnaldo André) . O, en el caso de Luis Gayo Paz, “Trampa para un soñador”, “Quiero gritar tu nombre” (grito silencioso de muchos gays enamorados de la época); “Amar al salvaje” o “Amar al ladrón”; “El hombre que yo amo”. O en la cúspide de la metáfora homosexual: “Dos para una mentira” (1985) y “Ese hombre prohibido” (1986).

Hubo muchos Grimau: está el Grimau prestigioso de las obras de teatro e incluso del cine. Hubo el Grimau de las otoñales comedias musicales o el que merecidamente se ganó el Martín Fierro interpretando al Último Sandro en la biopic sobre el cantante popular argentino.

Pero yo me quedo con el Grimau de las telenovelas que determinaron la educación erótica, sentimental y sexual que atravesó épocas y generaciones . Porque Grimau, más que ninguno representó el héroe macho de telenovela. Las experiencias no suelen ser solipsistas y así como para muchos, ese Grimau evoca mí niñez, el despertar del deseo, las primeras creaciones de mi sensibilidad marica, las primeras rebeldías de la infancia mirando telenovelas en tardes de invierno y estío en la casa de mi abuela porque, en esos tiempos, las telenovelas estaban prohibidas porque tenían la maléfica hechicería de volver putos a los niños.

Fuente: Soy (Página/12)

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