El último libro de Geoffroy de Lagasnerie sobre el derecho a inventar cómo vivir
Por Ernesto Meccia · 12 de agosto de 2026

Geoffroy de Lagasnerie (nacido en 1981) cuenta que vive una relación con Édouard Louis (1992) y Didier Eribon (1953) que lleva más de diez años. Manifiesta que, desde los primeros meses de esta amistad, se produjo un quiebre profundo en sus existencias: empezaron a viajar juntos, a cenar los tres con frecuencia, a crear, a pensar y a intervenir juntos en el espacio público, a celebrar los momentos tradicionalmente asociados a la familia, como los cumpleaños y la Navidad. Como al pasar, recuerda el triunfo que significó para el joven gay Édouard la primera vez que avisó en su casa que no pasaría allí la Navidad.
Este libro sobre la amistad de a tres, publicado por la editorial Taurus (Penguin Random House), se desmarca rápidamente del género autobiográfico y desalienta las expectativas confesionarias. Al contrario, las muchas escenas cotidianas que describe el autor están puestas al servicio de una crítica de los modos de vida, crítica que se puede lograr si se analizan a fondo los mecanismos de desposesión existencial, entre ellos, el conjunto de las incitaciones institucionales que impide que las personas imaginemos que nuestras relaciones puedan inscribirse en modos de vida alternativos y sostenibles (alternativos, sobre todo, a la familia). Es esa falta de imaginación relacional, esa pobreza subjetiva, lo que estructura gran parte de los razonamientos que se encaminan a pensar lo amistoso desde un punto de vista radical y como un lugar de fortaleza.
En efecto, la amistad es presentada como una forma de vinculación que puede habilitar un modo de vida creativo, enriquecedor y -reitero- sostenible. Sin embargo, debe enfrentar el problema de que se la piensa poco y mal. La amistad puede resonar simpática, pero, en rigor, no tiene buena prensa y no genera confianza como sostén profundo de la existencia.
Por un lado, dentro del imaginario social, es vista como un “resto”, como algo a dar lugar cuando termina la jornada de trabajo, casi como un pasatiempo, un after . Por otro lado, ese mismo imaginario también la hace ver fugaz pero ahora enmarcada en el largo curso de una vida: la amistad como un estado de gracia propio de la juventud. Tras ella sobrevendrá la vida en serio, con el trabajo, las obligaciones familiares y las postergaciones de las gratificaciones propias de la adultez.
También podemos imaginar una prueba: si hiciéramos una encuesta sobre qué cosas garantizan la proyección personal, es bastante razonable creer que la mayoría de la gente responderá que son las relaciones fomentadas y reconocidas por el Estado en vez de las relaciones amistosas; un curioso fenómeno de remanencia al calor de tantas desmentidas en carnes propias que, seguro, explica el hecho de que, aun en plena sociedad líquida (donde todo lo sólido se desvanece), seguimos asediados por la primacía simbólica de las relaciones sociales instituidas, una primacía que vale tanto para las relaciones más antiguas como para las más recientes. De Lagasnerie toma las armas contra esta ceguera y hace todo lo posible para demostrar que se puede vivir a pura amistad.
Los ensayos fueron escritos con una prosa de críticas sin concesiones a la familia (o al “sistema-familia”, se lee por ahí). A veces queda la sensación de que está pensando en el mismo agrupamiento (compacto, nuclear y patriarcal) que fue criticado por el freudomarxismo y la antipsiquiatría hace ya muchas décadas y que no tiene en cuenta lo suficiente las transformaciones que viene experimentando tras las luchas de los movimientos feministas y LGTB y el clima individualizante y negociador de los vínculos de las sociedades tardomodernas.
Sin embargo, la lectura produce pausas. En esos momentos, el lector quita sus ojos del papel y mira hacia otra parte, como buscando calibrar, más allá del estilo agrio, las intenciones del autor. Entonces aparecen recuerdos de su propia vida, admoniciones amargas de allegados que le preguntan hasta dónde piensa que puede llegar con las amistades, cuando, teniendo cerca de sesenta años, no se le pasó ni se le pasa por la cabeza formar familia, casarse, unirse civilmente, o tener siquiera lo que nunca tuvo, una pareja. El lector no dispone de mucho para responder semejante interpelación, aunque sabe que llegó bastante lejos con su vida, siente que todavía que tiene mucha proyección y está convencido que todo eso es posible sobre la base de puras relaciones amistosas. Se recuerda dando explicaciones que no son tomadas en serio; siente que del otro lado los allegados creen que es un gay que no pudo superar las taras relacionales que le dejó la época del ostracismo. Y es que existen realidades de relación muy difíciles de explicar precisamente porque aun no existe un lenguaje popular que las describa y porque el lenguaje institucional que existe las degrada. Si algo deja claro el libro es que Geoffroy de Lagasnerie quiere aportar su granito de arena en este desierto de palabras.
Lo hace promediando la tercera década del siglo XXI. Con anterioridad, Michel Foucault y Roland Barthes habían hecho lo propio.
Foucault pensó en la orfandad que afecta a los anarquistas relacionales. Por ejemplo, en una entrevista de 1984, escribió sobre las relaciones amistosas de los gays que, confiaba, producirían situaciones extraordinarias, que superarían las relaciones estereotipadas que habilitan los factores duros de organización social como las clases sociales, las profesiones, el nivel cultural, la familia o la edad. La amistad como modo de vida podría juntar gentes más allá de estas divisiones y dar lugar a relaciones intensas que no se parezcan a ninguna de las ya institucionalizadas. Hombres desarmados, unos frente a los otros, sin un lenguaje convenido, sin nada que los respalde, con todo por inventar.
Barthes, por su parte, en el seminario “Cómo vivir juntos”, que dictó en 1977, presentó la idea de “idiorritmia”, muy sugestiva para pensar aquello que podemos encontrar en la amistad. Podemos acercarnos a esa idea a través de su contraria, la “heterorritmia”, presentando un ejemplo. Nos pasó cuando fuimos niños y niñas y, leyendo a De Lagasnerie, en esos momentos en que levantó la mirada del texto, el lector se recordó a él mismo y a su sobrino en una escena similar. Un adulto toma de la mano a un niño; el primero camina rápido, el segundo no lo puede seguir porque todavía no le da el físico, el adulto no se da cuenta y sigue sin darse cuenta que casi lo arrastra. Esta falta de sincronicidad (o sincronicidad forzada) de los personajes lleva a Barthes a pensar cuál sería la mejor forma de vínculo interpersonal que respetara la singularidad y la diferencia en el mismo tiempo en que se pertenece a algo que no es propio, siendo lo no propio (el vínculo) lo que potencia la singularidad de las partes. Existen formas sociales que son excesivamente aisladoras y otras formas que son excesivamente integrativas (aquí, Barthes se refiere a la familia). En este contexto, las relaciones amistosas aparecen como una vinculación intermedia que posibilita conjugar, al decir de Francois Wahl (1982), un plural sin igualdad y, tan importante como esto, sin indiferencias.
“3. Elogio de la amistad” tiene mucho (es lógico) de manifiesto hosco, también de tratado crítico sobre las existencias. Creo, no obstante, que escala más alto cuando se lo siente como un manual que tira tips para animarse a contornear figuraciones de la vida desconocidas sobre el tapiz. Otros tejes siempre hacen falta.
Fuente: Soy (Página/12)
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